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Cambio climático: agua en la atmósfera y el ciclo del agua

Cambio climático: agua en la atmósfera y el ciclo del agua

La Tierra no es un planeta como otro cualquiera del sistema solar, sino el único en el que se ha desarrollado la vida. La razón fundamental de esta originalidad es su posición con respecto al Sol. Esta posición determina de un modo preciso el clima de nuestro planeta, un clima que ha sido propicio a el surgimiento de la vida. Pero dicho clima es el resultado de un equilibrio constantemente reajustado entre el agua, la atmósfera y la energía del Sol. La energía solar, que permite mantener las masas de agua en movimiento entre la tierra, el mar y la atmósfera, hace de motor del ciclo del agua. Vemos así aparecer el estrecho vínculo existente entre el clima terrestre y el ciclo del agua.

Hace ya mucho tiempo que el ciclo del agua hace correr mucha tinta. Faceta escencial de la vida en nuestro planeta, el constante intercambio de agua en la hidrosfera -evaporación, precipitaciones y cursos de agua- moviliza y fascina a los investigadores. Durante mucho tiempo solo la parte terrestre de este ciclo había interesado a los especialistas. Pero hoy en día, en un momento en que se intenta optimizar los métodos de irrigación y de explotación de las aguas, la parte atmosférica conoce también su hora de gloria. Si las interacciones entre las ramas atmosférica y terrestre de la hidrosfera permiten mantener un estado de cuasiequilibrio del sistema climático, la dinámica del ciclo del agua, en contrapartida, esta asegurada por la circulación atmosférica general.

En la Tierra, el agua está presente bajo todas sus formas: líquido, hielo o vapor. Está distribuida en cinco reservas interconectadas cuyo conjunto constituye la hidrosfera. El mar es la más importante de estas reservas, seguida por los depósitos de hielo o de nieve, las aguas terrestres, la atmósfera y por último la biosfera. Con mayor precisión, el mar contiene 1350 x 1015 m3 de agua, es decir, el 97% de toda el agua contenida en la hidrosfera. Los continentes poseen 33,6 x 1015 m3, principalmente localizados en los hielos árticos y antárticos. La atmósfera alberga sólo una cienmilésima parte del contenido en agua del sistema climático: 0,013 x 1015 m3. Es posible que el examen de esta cifra provoque una cierta sorpresa. La abundancia de las precipitaciones, así como su influencia sobre el clima y los recursos hidrológicos, no parece guardar proporción con la cantidad mínima de agua presente en la atmósfera en un momento dado.

En los continentes, el agua se distribuye entre distintas reservas, la más importante de las cuales, y de lejos, está formada por los glaciares (25 x 1015 m3) que totalizan cerca del 1,8% de la hidrosfera; vienen a continuación las aguas superficiales (8,4 x 1015 m3), los lagos y los ríos (0,2 x 1015 m3) finalmente la materia viva de la biosfera (0,0006 x 1015 m3. En los yacimientos formados por las aguas subterráneas, las aguas que empapan los suelos (baldosa) no representan más que 0,066 x l0l5 m3. El resto está distribuido casi uniformemente entre depósitos de profundidad menor o igual a 800 metros.
Estos yacimientos son objeto de incesantes transferencias de grandes cantidades de agua dentro del sistema climático. Todos tenemos una noción intuitiva del ciclo del agua, al menos de sus líneas maestras: evaporación, precipitación, cursos de agua. Todo viene del mar y todo vuelve al mar de un modo u otro. El tiempo de permanencia del agua en cada tipo de reserva puede calcularse a partir de la cantidad de agua presente en dicha reserva y de su velocidad de acumulación o desaparición. En la atmósfera, el tiempo de permanencia es de unos nueve días; en los hielos polares y en el mar, en cambio, es de varios miles de años.

Un ciclo bien conocido
¿Cómo se realiza el ciclo del agua? Consideremos la atmósfera como punto de partida del ciclo: el agua se acumula en la atmósfera bajo la acción de los procesos de evaporación que tienen lugar en la superficie del mar y de los continentes y también por obra de plantas y animales. Al ascender, el aire húmedo se enfría y luego se condensa parcialmente en forma de nubes; en definitiva, la atmósfera contiene agua en forma de vapor, de líquido o de cristales de hielo. Debido a la gravedad, el agua vuelve a caer al mar o a los continentes en forma de lluvia, nieve, granizo u otra forma cualquiera de precipitación.

La distribución desigual del agua
La distribución de las precipitaciones y de los fenómenos de evaporación en la superficie del globo terrestre no es uniforme. No obstante, pueden señalarse algunas tendencias generales: en las zonas subtropicales y polares, los fenómenos de evaporación son más importantes que las precipitaciones. Por contra, las precipitaciones dominan en los dos tipos de zonas llamados cinturones de precipitaciones: se trata por una parte de las regiones ecuatoriales que corresponden a la zona de convergencia intertropical (ZCIT) y de otra las latitudes medias, a nivel de las perturbaciones asociadas al frente polar. Así pues, lo que alimenta en continuo estos cinturones- de precipitaciones es el vapor de agua procedente de la evaporación de los océanos subtropicales.

Autor: Adolfo Murgia

Fuente: Diario Eñ Mercurio 14/04/2010